La gatita rubia
Aquel domingo salió el sol a pesar de llevar varios días lloviendo. Mamá decidió bajar al jardín a quitar malas hierbas; es pequeño y no solemos usarlo. Era la zona donde vivían mis perros pero, desde que se murieron, sólo cuidamos los árboles y lo adornamos con flores (de plástico, por lo de la sequía y eso).
Iba a limpiar debajo del acebo y fue entonces cuando descubrió algo increíble: una gata había parido allí a sus cinco hijos. Tenía pinta de estar agotada, así que sacamos una lata de bonito del norte, del bueno, en aceite de oliva virgen extra y, la pobrecilla se animó a comer (y es que la dieta mediterránea, dice mi madre que es buena para cualquiera).
Elegimos un nombre para ella y como era de rayas amarillas, nos gustó “Rubia”.
En un rato que les dejó solos, aprovechamos para cambiarles de sitio y les metimos en la antigua caseta de los perros. La “mudanza” fue un error, pues cuando llegó la gata se los llevó y no supimos nada de ninguno de ellos hasta varios meses después en que rubia volvió a parir otra vez en mi casa.
En esta ocasión escondió a sus cuatro hijos entre un montón de hojas que el aire había formado en el rincón más apartado del jardín y se marchó. La casualidad hizo que llegase volando una bolsa hasta allí justo en el momento en que mi madre miraba por la ventana y… ¡otra vez descubrió el escondite de la familia gatuna!
Como empezó a nevar repetimos la “operación traslado” y tuvimos la misma suerte que la primera vez, es decir, ninguna.
Al comprobar que todos habían desaparecido nos quedamos muy tristes porque hacía mucho frío y ya no podíamos ayudarles. Mi hermana escribió con tiza en la caseta: “Rubia, vuelve siempre que lo necesites” y… parece que lo entendió, ¡porque volvió!.
La tercera vez el “jardín-hospital” estaba perfecto (a la caseta sólo le faltaba tener calefacción y aire acondicionado) y entonces, como por arte de magia, una mañana aparecieron allí dentro Rubia y sus tres gatitos.
Ya no les tocamos, casi no nos atrevíamos a mirarles. Mami les ponía la comida lejos para que no se asustasen y poco a poco fueron creciendo entre hierbajos, hojas secas y papeles que traía el viento. La verdad es que nos daba igual todo porque allí se sentían seguros.
Mi jardín da a una carretera y no es buen lugar para gatos inexpertos, así que pedimos ayuda a una asociación y como les contamos la historia de Rubia y les dio pena, nos ayudaron.
Buscaron una casa de acogida para los hijos y operaron a la madre para que no volviese a tener cachorros (eso se llama esterilización, es una palabra rara pero, a mí ya no se me olvida).
Nos devolvieron a Rubia rápido porque dijeron que se estaba dejando morir y no quería ni siquiera beber. La gatita estuvo llorando dos días seguidos buscando a sus tres cachorrines y nosotros también pues, comprendíamos su tristeza.
Desde entonces no se ha vuelto a marchar. Hace lo que quiere y entra y sale cuando le
apetece.
Está bien alimentada y preciosa. Mi madre dice que le gustaría que Rubia le contase sus secretos de belleza para seguirlos ya que, cada mes que pasa parece más joven.
Siempre tenemos miedo de que le suceda algo malo en la calle, pero hemos aprendido que hay cosas que no se pueden cambiar y que aunque sea cariñosa, sigue siendo salvaje y necesita su libertad.
Rubia, te quiero un montón.