Aquella noche no tenía nada de especial. Nos duchamos, cenamos y les dimos de comer a nuestros dos gatitos: Vivi y Rubia.
Son callejeros, bueno, no del todo pues aunque están casi siempre en la calle, tienen en nuestro jardín sus camitas y sus comederos y bebederos.
Les compramos siempre el pienso que más les gusta, aunque sea un poquito más caro y, de vez en cuando, les ponemos un plato con leche. Eso precisamente fue lo que a “ella” le atrajo.
Cuando esa noche nos acercamos a echarles su leche escuchamos un maullido. No era el tímido maullidito de Rubia, ni el fuerte y cariñoso de Vivi. Ese maullido era de otro gato, aunque yo creo que más bien era un llanto. Salió de entre las sombras y nos dejó sorprendidos. Era una gatita joven, blanca y con manchas color caramelo y café. Tenía los ojitos como el oro, y le brillaban muchísimo. Era preciosa pero estaba sucia y bastante delgada.
A pesar de que nuestros gatos la querían echar, ella se acercó a comer y medio atragantada ¡se terminó todo!.
Cuando acabó, se alejó para buscar un sitio donde dormir. Entonces pensamos en ponerle un nombre y tras varias propuestas elegimos Dulce.
Las primeras noches fueron muy duras para ella. No dormía y siempre estaba llorando.
Necesitaba compañía. Era muy cariñosa y le gustaba entrar en casa. También se dejaba acariciar y coger.
Llegamos a la conclusión de que era una gatita casera que se había escapado o, a la que habían echado.
Le compramos juguetes: un rascador-ratón con una pelota, un guante con muñequitos... y latitas de muchas cosas, aunque también le gustaba el pienso, pero no del mismo comedero que Vivi y Rubia.
Nos gustaba verla pasear por el jardín y descansar en la entrada de nuestra cabaña, junto a las flores. Allí se pasaba dormida gran parte del día y si no, debajo de la palmerita o en cualquier otro lugar con sombra.
Le cogimos mucho cariño y acabamos haciéndonos a la idea de que iba a ser nuestra, de que iba a formar parte de la familia gatuna.
Cuando pasaron dos meses pudimos llevarla al veterinario. Queríamos esterilizarla y que se quedase definitivamente en casa, con Vivi y con Rubia.
Le pusieron la anestesia y al prepararle la barriguita para la intervención vieron que... ¡ya estaba operada! También tenía microchip. En él ponía la dirección y el teléfono de su casa.
Al cabo de un rato fuimos a devolver a nuestra Dulcita a su hogar. Vivía en un chalet a 5 km de nuestra casa. ¡Se había hecho todo ese camino para llegar...!. Al menos tuvo suerte.
La dueña nos contó que nuestra Dulce, se llamaba en realidad Kira y que tenía seis años. La habían adoptado en un refugio cuando sólo tenía dos meses.
También nos explicó que siempre estaba dando vueltas por la urbanización pero que ese día se alejó demasiado y se debió de perder.
Pasaron ocho días hasta que llegó a nuestra casa (por eso estaba tan cansada y delgada la primera vez que la vimos).
Después de que la señora nos contase un poco de la historia de Kira llegó el momento más difícil: despedirnos de ella.
Estaba todavía un poco adormecida por la anestesia y, cada vez que daba unos pasos se tenía que sentar para no caerse. Nos agachamos para acariciarle con cuidado su cuerpecillo. Ella ronroneaba cuando hacíamos eso, como contestando a nuestro adiós.
Nos quedamos un rato más y después nos marchamos. Al llegar al coche nos pusimos a llorar porque sentíamos que dejábamos en aquella casa algo nuestro, pero nos animaba saber que gracias a nuestras buenas intenciones había conseguido volver a su hogar de siempre.
Para Kira. Nuestra pequeña Dulce.