Diario de Mascotas

Historias reales de animales especiales

Villa Pochigardi

Siempre he pensado que ese sería un nombre precioso para una casa en el campo. Sí, una casa de piedra con un jardín lleno de flores, con ventanas de madera y con la fachada pintada en colores añil. El nombre sería un homenaje a mis adorados perros: Porcho y Garda.
Por el momento “la villa” sigue en mi imaginación y supongo que ahí se quedará eternamente.

De pequeña anhelaba poseer un perrito pero mis padres no eran partidarios de tener animales en un piso por lo que mi sueño quedó truncado. Cuando fui mayor llegaron otras responsabilidades y mi ilusión por tener un animal pasó al olvido. Al casarme, mi marido insistía en tener un perro y aunque a mí por aquella época no me parecía muy buena idea, accedí. En realidad yo misma le regalé dos cachorros en las navidades del 95.

Ahora, con el paso de los años y la experiencia, creo que ningún ser vivo debería ser un regalo. Estoy convencida de que es mejor participar en el momento de la incorporación del animal al hogar de forma plena y sin sorpresas.  A veces se desean las cosas cuando parecen “un imposible” pero en el momento en que se obtienen pueden dejar de interesar o incluso ser rechazadas.

Cuando los tuve en casa me sentí feliz porque cumplíamos dos sueños a la vez y además pensé que él lo valoraría como una hermosa prueba de amor.

En la vida sospeché que aquellos dos cachorros pasarían a ser mis más fieles camaradas, mis amigos incondicionales, mis mejores aliados.

Los problemas surgieron porque no tardó en hartarse del regalo. Le molestaba todo lo que hacían, su olor, su pelo, sus incesables manifestaciones de cariño o sus horarios (especialmente cuando llegaba el fin de semana).

Sus propósitos de ayuda para sacarlos de paseo quedaron básicamente en eso. Nunca he sabido si los quiso de verdad (aunque tampoco  tengo muy claro hasta qué punto me quiso a mí).

Por suerte para ellos yo estaba dispuesta a asumir todos los contratiempos que surgieran.

Eran hermanos, un macho y una hembra. Dos Akita-Inu: Una raza japonesa, grande, fuerte, extremadamente inteligente y poco frecuente en España. Compré libros para conocer su carácter, sus orígenes y peculiaridades mas, en ninguno de ellos hablaba de enfermedades ni complicaciones (que desgraciadamente llegaron).

A los ocho meses comenzaron los primeros síntomas de lo que sería un calvario durante años. Yo estaba embarazada y en diciembre nacería mi niña (justo un año después que ellos). Tomé todas las precauciones posibles y seguí dándoles las atenciones que requerían.

La aceptaron con cariño y respeto, es más, tan grande era su instinto protector que empecé a tener problemas cuando los paseaba junto a Berta pues no consentían que nadie se nos acercara, ni siquiera que hicieran intención de arrimarse al cochecito.

Como siempre estaba sola y no podía dejar a la niña, decidí acondicionar el jardín y no volver a sacarlos si no era absolutamente imprescindible. Su problema de piel necesitaba mucha higiene y lejos de la calle por lo menos no se contaminarían. -Posiblemente intentaba sacar lo positivo de aquella decisión-.

La enfermedad seguía su curso y los intentos por solucionar el problema muchas veces eran en vano.

Pasaron dos años y no mejoraron demasiado pero ni el veterinario, ni yo nos rendíamos.

En aquella época estaba embarazada de mi segundo hijo y me resultaba realmente difícil poder atenderlos. Terminaba agotada. Había días que al curarles la invasión de úlceras y verles la expresión de dolor, comenzaba a llorar desconsoladamente y sólo un beso de mi hija o un lametón de apoyo, conseguían calmarme. Era una sensación de impotencia terrible.

Cuando mi niño tenía un mes, su padre decidió dejarnos y empezar una nueva vida junto a otra persona. La noche en que se marchó mis perros gimieron  durante horas junto a la reja de la puerta. Sabían que “el amito” no volvería jamás a formar parte de nuestro hogar.

Y...allí me quedé yo, con dos niños pequeños y dos perros grandes.

Siempre les estaré agradecida a los cuatro por haberme ayudado a luchar contra la adversidad y  a conseguir ver la luz al final del túnel. Por ser mis motivos para aferrarme a la vida y no desfallecer en el camino. Por ser más parte de mí que yo misma.

Mis perros estuvieron a mi lado en lo peor de la depresión. Presentían mi estado de ánimo y se tumbaban a mis pies para hacerme cosquillas y conseguir robarme una  sonrisa. Otras veces me daban “topetazos” cuando intentaba ahogar mi ansiedad en algún cojín. Si era contra la pared, al darme  la vuelta los tenía detrás, en fila, ofreciéndome –la patita- y entonces me agachaba para abrazarlos y al instante, veía las cosas de otro color.

Ayudaron a Darío en sus primeros pasos y participaron en los juegos de Berta,  siempre con mimo y delicadeza a pesar de su envergadura. Jamás tuvieron un mal gesto con mis hijos. En absoluto.

Poco a poco fueron cicatrizándoles las heridas pero, tristemente, lo que parecía un triunfo, se tornó en derrota.

Porcho murió una mañana de agosto del 2001. Tenía cinco años.

Garda falleció exactamente un año después, justo, cuando parecía que se recuperaba por la muerte de su “compañero del alma”.

Sus hígados no resistieron tanta medicación y nada se pudo hacer por ellos.

Lamento que se llevasen la parte más difícil de mi vida. No me dio tiempo a corresponderles. Deseaba viajar con ellos, llevarlos a alguna playa desierta y dejar que corrieran sin ataduras a conocer el mar. Quería que respiraran el aire puro de la montaña y al final lo único que conocieron fue mi jardín.

Lo siento Porchito. Lo siento Gardina.

Mi hija (que ya tiene doce años y sabe lo mucho que significaron en nuestras vidas) les ha escrito un poema precioso en el que refleja lo que les quisimos y lo que siempre les querremos.

______A MIS PERROS_______

SI ME DIJERAN PIDE UN DESEO,
YO PEDIRÍA VOLVER A ABRAZAROS,
SENTIR CERCA VUESTRO ALIENTO
QUE CAMINÉIS A MI LADO.
UNA CARRERA EN LA PLAYA,
UN SALPICAR DE LA ESPUMA
QUE SE MARCHE MI TRISTEZA
ESCONDIDA TRAS LA BRUMA.
CRUZÁSTEIS EL ARCO IRIS
LLEVÁNDOOS MI CORAZÓN
Y CUANDO MIRO HACIA EL CIELO
SÓLO ME INVADE EL DOLOR.
AHORA JUGÁIS CON LA LUNA,
BRILLÁIS COMO DOS LUCEROS,
OS BAÑÁIS CON LAS ESTRELLAS,
AHORA ES VUESTRO EL FIRMAMENTO.

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