Ya hacía varios meses que no había visto a Angelina, una amiga de la juventud. Sabía que había pasado por duros momentos. Yo me encontraba lejos y mi ayuda fue mínima, aunque nos telefoneamos un par de veces.
Me contó que su vida estaba llena de ruidos: marido, hijos, casa, trabajo, animales, amistades. Que sintió como verdaderamente el devenir de los días era igual a soplos que pasan en un instante llenos de charlas, silencios, alegrías, penas, pérdidas o algún triunfo.
Lloraba contándome su quebrada historia. Ella creía que lo tenía todo en la vida, pero al llegar la noche y recogerse en su cuarto la ansiedad le apretaba el pecho, parecía querer asfixiarla. Comenzaba entonces a hacerse preguntas de por qué se sentía así. Indagaba en lo que la rodeaba intentando encontrar un motivo, una razón y así hallar de nuevo el sosiego.
A pesar de todo lo que la envolvía se sentía sola y, de la noche a la mañana resolvió su estilo de vida cerrando la puerta de aquel capítulo de su vida. Tras la puerta de su recién estrenado apartamento la miraban unos ojos dulces y comprensivos, los de Orión, su perro.
A lo largo de los meses le costó asimilar los cambios, los pocos ruidos y acostumbrarse al único recibimiento de aquél caniche de blanco pelo rizado y ojos aceitunos. A él no le importaba su estado de ánimo, su humor, sus ganas de hacer o no hacer. Siempre estaba dispuesto a ofrecerle el mejor de los recibimientos, brincando todo lo que podía, ladrando, lamiendo… 
Cuando ella llegaba a casa él la seguía por cada habitación, sin descanso. Entendía sus estados de ánimo y se las arreglaba para levantarle la moral. No descansaba hasta que la obligaba a hablar, Orión saltaba de júbilo al notar que su dueña reparaba en él. Entonces ambos salían a pasear, entraban al bosque, y la brisa dejaba atrás otro triste día.
Me contó que allí, en el bosque, se percató de la gran ayuda que Orión le había ofrecido a lo largo de aquellos duros meses llenos de grandes cambios. Sus hijos ya eran independientes y el día que decidió dejar a su marido, su hogar y su trabajo, fue lo único que se llevó con ella, a parte de algunas pocas pertenencias.
En sus largas caminatas, donde tenía todo el tiempo para pensar, se percato de que gracias a Orión, reía de nuevo y se mantenía activa en su día a día.
Me habló de la importancia de tener una mascota, no por que se pueda pasar por malos momentos, ellos saben encajar en toda situación, ellos no hablan, pero te lo dicen todo con la mirada. Ellos no esperan, pero te ofrecen todo lo que son, ellos siempre están dispuestos, a pesar de que les digas: “hoy no”.
Angelina me miró a los ojos a la vez que secaba los suyos. Luego miró al perro que le devolvió la mirada mientras movía su cola y, se agachó poniéndose a la altura de su lomo. Entonces me dijo que cada día bendecía el momento en que Orión entró a formar parte de su vida. El perro intentaba lamerle el rostro a su dueña mostrando su gratitud. Angelina a malas penas continuaba hablando, le daba la risa, Orión perseveraba en su satisfacción de sentirse querido, a su manera expresaba la alegría y la gratitud que sentía.
Yo digo que éste es un hermoso homenaje a Orión, su perro, su fiel compañero, su paciente amigo.