Diario de Mascotas

Historias reales de animales especiales

Fidelidad

En mi memoria, los recuerdos más felices de mi infancia están entretejidos con la presencia de ambos: mi abuelo y ella. Ella se llamaba Linda, era una perrilla ratonera negra, de tamaño mediano, más bien pequeño, sin pedigree –ni falta que le hacía- , pero con más candor, inteligencia y fidelidad en sus ojos de la que he podido encontrar después en muchas personas. Ahora tengo treinta y tres años y puedo reflexionar así sobre ella. Entonces era sólo una niña y lo único evidente para mi es que aquella perrilla era una compañera inseparable de mi abuelo y un ser noble de infinita paciencia, que nos dejaba a nosotros –los niños- abrazarla e intentar subirnos a caballito sin hacer nunca jamás el amago de gruñir o de morder.

Nuestra Linda, la Linda de mi abuelo, se ganó el eterno agradecimiento de todos el día que le socorrió cuando nadie más estaba allí para ayudarle. Mi abuelo, como todos los días, se había ido a trabajar al campo, acompañado de su fiel amiga. Pero ese día, en el camino de regreso, mi abuelo sufrió un ataque de reuma y tuvo que sentarse debajo de un olivo, sin poder moverse. Imagino cómo aquella perra inteligente gimotearía y se acercaría a él, instándole a levantarse, preocupada al ver que él no podía. Imagino cómo con todo el dolor de su corazón, decidió dejarle allí y hacer el camino de regreso a la casa de para avisar a la familia de que mi abuelo no se encontraba bien. En cuanto la vieron aparecer sola lo supieron y corrieron a buscarle. Ahora, desde mi posición de adulta, después de haber oído a los demás contar tantas veces esta historia, yo también me siento profundamente agradecida con ella, porque mi abuelo fue para mí en aquellos años la representación de la alegría más sencilla y sincera.

Años después, cuando antes de morir, la enfermedad le postró durante semanas en una cama, ella no se separó ni un instante de su lado. Fue su constante compañera. Cuando él murió y, tiempo después, mi madre, mi hermano y yo nos trasladamos de la casa del al lado de mis abuelos a un piso en otra parte del pueblo, ella aprendió el camino entre nuestro piso y la casa de mi abuela. Se presentaba de improviso a visitarnos. Ladraba desde la calle hasta que la oíamos y bajábamos a abrirle, y cuando se cansaba rascaba la puerta para que la dejáramos salir.

Un día murió. Lo siento aún como el recuerdo más doloroso de mi infancia. Cuando mi abuelo murió yo apenas contaba con cinco años y la tristeza parecía menos negra, pero cuando ella nos dejó yo ya era algo mayor y su muerte se impuso como una sombre muy triste y amarga.

Todos la lloramos. Una de mis tías y mi madre la enterraron un día lluvioso en el mismo campo al que tantas veces había ido con mi abuelo, al pie de un olivo que él había plantado. No volvimos a tener perro hasta muchos, muchos años después, cuando ya no vivíamos en el pueblo. Una de las perritas que tenemos ahora se llama Linda, en honor a ella, y tiene los mismos ojos inteligentes y la misma inquebrantable fidelidad por nosotros que la primera tuvo hacia mi abuelo. La queremos. Ella es una parte importante de mi vida de adulta, como la otra lo fue de mi infancia. A ellas, y a los demás amigos, hermanos animales que comparten mi vida les debo tanta felicidad que no sería tal si pudiera ponerla por escrito.

Pero ella, Linda, la perrilla ratonera de mis años de niña en el pueblo, fue la primera en enseñarme que unos ojos no humanos pueden tener tanta humanidad como los de cualquier persona.

En memoria de Bibiano Fernández y su Linda. No habéis dejado de jugar conmigo en mi memoria.

siguiente