Diario de Mascotas

Historias reales de animales especiales

En los trigales

Rodeada de campos de trigo, aquella casa era el lugar ideal para vivir cuando eres pequeño. Mi padre nos había puesto un columpio enganchado a la vieja morera que daba sombra en la parte delantera. En ella, jugando o leyendo sentados entre sus ramas, mi hermano mayor y yo habíamos pasado media vida.

Una mañana nos despertamos al oír ladridos. Un perro joven, de apenas dos años, se coló por la cancela de la puerta principal y parecía llamarnos pidiendo algo de comer. A mi madre se le iluminaron los ojos, siempre le habían gustado los animales y por las mañanas, cuando nos íbamos al colegio, se quedaba sola con el bebe, lo que no le hacía ninguna gracia. Pero mi padre nunca fue amante de los perros, así que antes de que pudiéramos empezar a darle argumentos, se lo metió bajo la chaqueta y se marchó. Después nos contó que le había dejado en el vagón de carga de un tren que salía para Málaga. Tuvimos muy claro que no volveríamos a saber de el.

Semanas más tarde, mi madre disfrutaba con su pequeño del sol de la tarde otoñal, sentada entre los trigales, cerca de la valla de madera. Como todo estaba muy tranquilo, decidió entrar a coger la merienda. De pronto, vio por la ventana que un caballo de la granja cercana se había desbocado y corría camino abajo hacia el bebé. No tendría tiempo de cogerle y la situación la dejó sin respiración, imposibilitada para pedir ayuda.

De entre las maderas de la cerca, saltó un perrito negro que corría hacia el caballo, y justo unos metros antes de llegar donde estaba el niño, consiguió morderle las ancas al animal desviando así su camino. Kitty, que así le llamamos, estaba lleno de arañazos y magulladuras, lo que nos daba a entender que se había pasado el viaje intentando saltar del vagón del tren y, en algún momento, lo había conseguido. El pequeño héroe encontró el camino de vuelta a nuestra casa y, desde aquel día, ya nunca se marchó. Vivió con nosotros, feliz, hasta el final de sus días.

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